La obra de Fitz y otras artes


Cualquiera que haya dado una mirada a los retratos de Scott Fitzgerald con los que contamos en la actualidad podrá estar de acuerdo en que transmiten la imagen de un hombre elegante, discreto y sensato, a menudo con una pluma en la mano, a menudo esbozando una media sonrisa que parece decir mucho o también no querer decir nada. Esos retratos en blanco y negro, que inmortalizaron al escritor, envuelven una seriedad que contrasta decididamente con la euforia de los años 20, y un silencio que de ninguna manera representa la vida en la Jazz Age.

Su obra, sin embargo, es otro asunto. Scott Fitzgerald tiene un estilo literario particular, icónico, al que no es del todo fácil aproximarse, pero del que no cuesta disfrutar una vez se está envuelto en él. Vale la pena mencionar que, con demasiada frecuencia, el autor apela a la geografía estadounidense para describir los parajes en que las historias tienen lugar, y con aún más frecuencia hace uso de ella, así como de las menciones persistentes a Yale, Harvard y Oxford, para conferir o explicar rasgos o procederes de sus personajes, quienes a su vez gozan de una cualidad interesante, hermosa y a la vez un poco desgarradora: son reales. Los personajes fitzgeraldianos no pretenden ser perfectos a nuestros ojos, jamás se nos presentan como infalibles, muchas de sus mujeres son inconstantes y emocionales al extremo, todos a ratos son mentirosos, hipócritas e infieles y, aunque llenos de ilusiones, en muchísimas ocasiones tienen destinos trágicos o aparentemente inconclusos, como si la única deducción posible para el lector fuera la muerte o la incertidumbre de lo que vendrá, si es que viene algo, después de la desolación o la búsqueda infructuosa de la felicidad.

Ese tinte de realidad es lo que, a su vez, sitúa a los consabidos personajes en escenarios en los que el arte toma parte, sobre todo la música y el baile, que a veces se nos presentan como eventos sociales o como recursos literarios. A menudo se mencionan Broadway, el teatro, el cine también un poco (aunque sin referencias concretas), y los personajes cantan, murmuran y silban canciones y encuentran gran placer en bailar, como el mismo Jay Gatsby, experto bailarín de fox-trot (clic aquí para una muestra de fox-trot). No es difícil encontrarnos con nombres de canciones que casi retumban en nuestros oídos y nos acercan más al relato, como Jazz history of the world en El gran Gatsby, o nos abren paso a consideraciones más profundas, como el vals Las tres de la madrugada, de Paul Whiteman (clic aquí para escuchar), mencionado de la siguiente manera en la misma novela con ocasión de la despedida de Daisy y Nick:
“Su mirada se apartó de mí y buscó la parte iluminada de los peldaños, por donde Las tres de la madrugada, un primoroso y triste vals de aquella temporada, salía, flotando a través de la puerta abierta. En la misma inconsecuencia de la fiesta de Gatsby cabían, después de todo, románticas posibilidades, totalmente ausentes de su mundo. ¿Qué latía en esa canción que parecía atraerla hacia adentro? ¿Qué iba a ocurrir en las opacas e incalculables horas? Quizá llegaría algún inesperado huésped, persona infinitamente preciosa, digna de la mayor admiración, alguna jovencita auténticamente radiante, que con una mirada dirigida a Gatsby, con un solo instante de mágico encuentro, borraría los cinco años de inquebrantable devoción.”

No sobra recordar que en El gran Gatsby, la novela más popular de Fitzgerald, la primera imagen que se nos presenta de Jay Gatsby es la de anfitrión de maravillosas fiestas. Si bien ello puede ser un poco el reflejo de la vida personal de Scott y Zelda Fitzgerald, me atrevo a decir que es también una muestra de la vida social de la época y las rutinas de diversión que entonces llamaban la atención, pues en Bernice a lo garcon y El curioso caso de Benjamin Button, por ejemplo, la música y el baile revisten gran importancia, pues son el soundtrack y también el escenario de amores incipientes y grandes infortunios.

No obstante es claro que la obra del autor que nos ocupa no sólo está plagada de referencias, a veces sutiles y a veces directas, a otras artes, sino que también se nutre un poco de ellas, en la actualidad el trabajo de Fitz continúa relacionándose con representaciones artísticas que trascienden la literatura. Y es que, como anticipé en la introducción a la vida de Scott, su obra permanece vigente por una pluralidad de razones que no sólo obedecen a lo literario, si bien su legado en esta materia es ampliamente estudiado y de igual forma apreciado: entre otras cosas, las consideraciones antropológicas y de tinte social que la narrativa de Fitzgerald permite entrever, así como las económicas, contribuyen a que este hombre continúe vigente sin esforzarse. Quizá ello se deba a algo explicable a partir de aquel refrán que afirma que incluso un reloj parado tiene razón dos veces al día: aunque la historia humana es algo demasiado complicado para condensar en una sola palabra, no es difícil advertir que es, en alguna medida, cíclica. De ahí que cada tanto se genere un afán importante por revivir, personificar y adaptar creaciones de autores ya desaparecidos, como ha sucedido con Scott Fitzgerald. En particular, con El curioso caso de Benjamin Button El gran Gatsby.

En cuanto a la primera adaptación, dirigida por David Fincher, lo primero que puede decirse es que no es una adaptación. De hecho, aunque es una película excelente, que puede hacernos sentir pecadores al inclinarnos un poco por ella sobre el cuento, creo que lo único que hace es tomar la idea más simple del texto y llevarla a la pantalla, cambiando todo lo demás. Sí, el nombre del protagonista es Benjamin Button, y sí, es un hombre que nace viejo, pero lo que en el cuento es un sujeto que nace midiendo algo más de 1,80 m., en el libro es un bebé que nace muerto y arrugadito, y lo que en el cuento son unos padres avergonzados y abochornados por tan extraño fenómeno, en la película es un padre que abandona al infante a su suerte. Podría continuar mencionando diferencias, insignificantes o importantes, pero creo que la más relevante es la siguiente: el Benjamin Button de Fincher es un niño que decrece por fuera al tiempo que madura interiormente, lo que le permite al espectador disociar un poco la idea de la cabeza de Button de la de su cuerpo viejo, para concluir finalmente que una no corresponde con el otro. Por el contrario, el Benjamin Button de Fitzgerald es un hombre que nace viejo, con plenas facultades de habla y una madurez emocional que va correspondiendo a su edad física a medida que decrece. Eso, por supuesto, y aparte de todas las otras diferencias (las épocas en que se ambientan, por ejemplo), va a abrirle un camino diferentísimo a cada Button.

En cuanto a El gran Gatsby no tengo mucho que decir: al contrario de El curioso caso de Benjamin Button, respecto de cuya historia original pocos tenían conocimiento de que fuese idea de Fitz, esta película del 2013 tuvo un impacto importante en el conocimiento que las nuevas generaciones pudieran tener de Scott Fitzgerald. Se presenta en un mundo que no se ha recuperado del todo de la crisis del 2008, en el que los medios de comunicación nos permiten entrar a hurtadillas en el mundo de los famosos y su desmedida riqueza, y toda esa configuración del mundo moderno de vez en cuando suscita en nosotros preguntas existenciales o dilemas morales, sin hablar siquiera de los sueños, las obsesiones y las imágenes falsas que nos rodean. No es extraño, entonces, que a alguien se le ocurriera llevar a la pantalla grande una novela que nos descubre, a veces de adentro hacia afuera, a veces al contrario, la realidad del corazón humano que una imagen cuidadosa y acaudalada puede ocultar. En esta adaptación de Baz Luhrmann, su director, no sólo tuvieron cuidado en elegir un elenco excelente, sino que tomaron los elementos más importantes (el auto de Jay, el cartel del doctor T.J. Eckleburg, la opulencia) y, además, casi que reprodujeron, con una fidelidad admirable, las escenas más importantes, aunque detalles en apariencia relevantes (como el lugar desde el que Nick cuenta la historia) fueron modificados en pro del desarrollo del filme.


Finalmente, no está de más recordar Medianoche en París, la maravillosa película de Woody Allen, que nos transporta junto a su protagonista, Gil Pender, a París en los años 20. Allí encontraremos a un Scott Fitzgerald tan atractivo y fiestero como sabemos que era, a una Zelda tan alocada que jamás dudaremos que eventualmente habrá sido una gran inspiración para los personajes femeninos de su marido, a un Ernest Hemingway que en la pantalla rivaliza con Fitz de una manera mucho más sutil y amigable de lo que dan cuenta las biografías y comentarios de sus allegados. 

La conclusión más importante de este ejercicio es que las artes se nutren unas de otras, y eso permite que el espectro sea siempre más amplio, más agradable para el curioso o el amante de más de una manifestación artística, e incluso para el académico. Quizá los relatos de Fitzgerald poco tengan que ver con artes como la plástica, por ejemplo, pero sí tienen mucho de música, de danza y de cine también, desde el aspecto o la época que se mire: la forma en que la obra de Fitz se aprovecha de otras artes, o es de provecho para ellas, no se limita a ser palpable sino que también es anacrónicamente bella.

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